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Oh
Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz
que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la
historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.





Salmo 25
Muéstrame,
Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame
por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi
Salvador, y yo espero en ti todo el día.
Acuérdate,
Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos.
No
recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud: Por tu bondad,
Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor
es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados.
Él guía
a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los
pobres.
(Salmo 25,4-9)
Salmo
34
Bendeciré al Señor en todo
tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los humildes y se alegren.
Miren hacia Él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se
avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus
angustias.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus
angustias.
El Señor está cerca del quien le busca y salva a los que están
abatidos.
El Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en É no serán
castigados.
Salmo
34,2-3.6-7.17-19.23.
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Oh
Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo,
abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo
con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de
la salvación!
Oh
Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste
a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste
tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!
Oh
Raíz del tronco de Jesé, que te alzas como un signo
para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y
cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos,
no tardes más!
Oh
Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres
y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir,
¡ven y libra los cautivos que viven en tinieblas y en
sombra de muerte!
Oh
Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna,
Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven
en tinieblas y en sombra de muerte!
Oh
Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra
angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno
solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de
la tierra!
Oh
Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las
naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos,
Señor Dios nuestro!
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(*) Las
antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el
Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día
23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las
ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su
venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con
que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días
que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.
Se llaman así
porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en
castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores».
Fueron
compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son
un magnífico compendio de la cristología más antigua de la
Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de
salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como
de la Iglesia del N.T.
Son breves
oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu
del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el
misterio de un Dios hecho hombre.Cada antífona
empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título
mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del
N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo
que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica:
«ven» y no tardes más.
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