NOVENA DE NAVIDAD 

 

 Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

 

 

 

Salmo 25

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.

Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi Salvador, y yo espero en ti todo el día.

Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos.

No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud: Por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.

El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados.

Él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres.

(Salmo 25,4-9)

 

Salmo 34

 
Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los humildes y se alegren.

Miren hacia Él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.

Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias.

El Señor está cerca del quien le busca y salva a los que están abatidos.

El Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en É no serán castigados.
 
Salmo 34,2-3.6-7.17-19.23.
 

 

 

 

 

 

 

 

ANTÍFONAS DE LA "OH!"

 
 
Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!
 
Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!
 
Oh Raíz del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos, no tardes más!
  
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ¡ven y libra los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte!
 
Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!
 
Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!
 
Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro!
 
 
(*) Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.
 
Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores».
 
Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T.
 
Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre.Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

CATEQUESIS DEL PAPA JUAN PABLO II

 

NOVENA DE NAVIDAD

 I - LA NOVENA DE NAVIDAD

Audiencia general del miércoles, 19 de diciembre de 2001 

II - EL SEÑOR ESTÁ CERCA DE QUIEN LE BUSCA

Homilía  durante la Misa de universitarios romanos, 15 de diciembre de 1998

III - DIOS, EL SEÑOR, LLEGA CON PODER

Homilía  durante la Misa de universitarios romanos, 11 de diciembre de 2001

IV - DIOS CAMINA CON NOSOTROS

Homilía  durante la Misa de universitarios romanos, 10 de diciembre de 2002

V -  SOLO DIOS ES LA RESPUESTA

Homilía  durante la Misa de universitarios romanos, 11 de diciembre de 2003

VI - PREPAREMOS NUESTRO CORAZÓN PARA ACOGER A CRISTO

Audiencia general del miércoles 18 de diciembre de 2002 

 VII - PREPARÉMONOS CON ALEGRÍA AL MISTERIO DEL NACIMIENTO

Audiencia general del miércoles 19 de diciembre de 2001 

VIII - NAVIDAD, FIESTA DEL AMOR DIVINO

Audiencia general del miércoles 19 de diciembre de 1990 

IX- CRISTO CON SU NACIMIENTO NOS INTRODUCE EN LA DIMENSIÓN DE SU PROPIA DIVINIDAD

Homilía  en la Misa de Nochebuena, 24 de diciembre de 1997

NAVIDAD

Juan Pablo II, Ángelus 21 de diciembre de 2003

HA NACIDO EL MESÍAS ANUNCIADO POR LOS PROFETAS

 Audiencia General del miércoles 23 de diciembre de 1981

 

MEDITAR LOS ACONTECIMIENTOS ADMIRABLES Y MISTERIOSOS DE LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS

Audiencia General del miércoles 22 de diciembre de 1982

 

 EL NACIMIENTO DE CRISTO ES EL ACONTECIMIENTO CENTRAL DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD

 Homilía  en la Misa de Nochebuena, 24 de diciembre de 1997

 I - LA NOVENA DE NAVIDAD

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. La Novena de Navidad nos impulsa a vivir de modo intenso y profundo la preparación para la gran fiesta, ya cercana, del nacimiento del Salvador. La liturgia traza un sabio itinerario para el encuentro con el Señor que viene, proponiendo cada día puntos para la reflexión y la oración. Nos invita a la conversión y a la acogida dócil del misterio de la Navidad.
 
En el Antiguo Testamento los profetas habían anunciado la venida del Mesías y habían mantenido viva la espera vigilante del pueblo elegido. A nosotros también se nos invita a vivir este tiempo con esos mismos sentimientos, para poder saborear así la alegría de las fiestas navideñas, ya inminentes.
 
Nuestra espera refleja las esperanzas de la humanidad entera y se expresa en una serie de sugestivas invocaciones, que encontramos en la celebración eucarística antes del evangelio y en el rezo de las Vísperas antes del cántico del Magníficat. Son las antífonas llamadas de la "Oh", en las que la Iglesia se dirige a Aquel que está a punto de venir con títulos muy poéticos, que manifiestan claramente la necesidad de paz y de salvación de los pueblos, necesidad que sólo en Dios hecho hombre queda satisfecha de modo pleno y definitivo.
 
2. Como el antiguo Israel, la comunidad eclesial se hace portavoz de los hombres y mujeres de todos los tiempos para cantar la venida del Señor. De vez en cuando ora así:  "Oh Sabiduría que sale de la boca del Altísimo", "Oh Guía de la casa de Israel", "Oh Raíz de Jesé", "Oh Llave de David", "Oh Sol naciente", "Oh Sol de justicia", "Oh Rey de las naciones, Emmanuel, Dios con nosotros".
 
En cada una de estas apasionadas invocaciones, de clara referencia bíblica, se percibe el deseo que los creyentes tienen de ver cumplidas sus expectativas de paz. Por esto imploran el don del nacimiento del Salvador prometido. Sin embargo, al mismo tiempo sienten con claridad que eso implica un esfuerzo concreto para prepararle una digna morada no sólo en su alma, sino también en su entorno. En una palabra, invocar la venida de Aquel que trae la paz al mundo conlleva abrirse dócilmente a la verdad liberadora y a la fuerza renovadora del Evangelio.
 
3. En este itinerario de preparación para el encuentro con Cristo, que en la Navidad viene al encuentro de la humanidad, se insertó la jornada especial de ayuno y oración que celebramos el viernes pasado, con el fin de pedir a Dios el don de la reconciliación y de la paz. Fue un momento fuerte del Adviento, una ocasión para profundizar en las causas de la guerra y en las razones de la paz. Frente a las tensiones y a las violencias que, por desgracia, afligen también en estos días a varias partes de la tierra, incluida la Tierra Santa, testigo particular del misterio del nacimiento de Jesús, es preciso que nosotros, los cristianos, hagamos resonar aún con mayor fuerza el mensaje de paz que proviene de la cueva de Belén.
 
Debemos convertirnos a la paz; debemos convertirnos a Cristo, nuestra paz, con la seguridad de que su amor desarmante en el pesebre vence a cualquier oscura amenaza y proyecto de violencia. Y es necesario seguir pidiendo con confianza al Niño Jesús, que nació para nosotros de la Virgen María, que la energía prodigiosa de su paz expulse el odio y la venganza que anidan en el corazón humano. Debemos orar a Dios para que el mal sea derrotado por el bien y el amor.
 
4. Como nos sugiere la liturgia de Adviento, imploremos del Señor el don de "prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento", para que el nacimiento de Jesús nos encuentre "velando en oración y cantando su alabanza" (Prefacio II de Adviento). Sólo así la Navidad será fiesta de alegría y encuentro con el Salvador que nos da la paz.
 
¿No es precisamente éste el deseo que quisiéramos intercambiarnos en la felicitación con motivo de las próximas fiestas navideñas? Por ello nuestra oración debe hacerse más intensa y fervorosa en esta semana. "Christus est pax nostra, Cristo es nuestra paz". Que su paz renueve todos los ámbitos de nuestra vida diaria; llene los corazones, para que se abran a la acción de su gracia transformadora; impregne a las familias, para que ante el belén o reunidas en torno al árbol de Navidad fortalezcan su comunión fiel; reine en las ciudades, en las naciones y en la comunidad internacional; y se difunda en todo el mundo.
 
Como los pastores en la noche de Belén, apresurémonos hacia Belén. Contemplaremos en el silencio de la Noche santa al "Niño envuelto en pañales, recostado en un pesebre", juntamente con José y María (cf. Lc 2, 12. 16). Ella, que acogió al Verbo de Dios en su seno virginal y lo estrechó entre sus brazos maternales, nos ayude a vivir con un compromiso más intenso este último tramo del itinerario litúrgico de Adviento.
 

II - EL SEÑOR ESTÁ CERCA DE QUIEN LO BUSCA

 

 

Himno “Conditor alme siderum” 

Creador de los astros, / eterna Luz del alma,
Cristo, Redentor nuestro, / acoge al que a Ti clama.

Para salvar al mundo, / a muerte condenado,
Tu Amor buscó a los pecadores / remedio a sus pecados.

Al declinar los siglos, / humilde apareciste
-como Esposo del tálamo- /del seno de la Virgen.

Al poder de tu Nombre / y al invocar tu gloria,
El Cielo y la tierra / se rinden y Te adoran.

Juez del fin de los tiempos, / pedimos con confianza
Que en la vida nos guardes /de la maldad satánica.

Gloria demos al Padre, y a Cristo, Rey santísimo,
Y al Espíritu Santo, / por siglos de los siglos. Amén

Queridos hermanos y hermanas:

1. «El Señor está cerca de quien lo busca».

Las palabras del Salmo responsorial nos recuerdan el sentido del Adviento y subrayan la actitud que debemos tomar para vivir plenamente este tiempo litúrgico. El anuncio resulta particularmente significativo para aquellos a quienes la fe y el compromiso profesional impulsan a hacer de la búsqueda una dimensión importante de su vida.

2. Nuestro encuentro se sitúa en el tiempo litúrgico del Adviento, que brinda mensajes sugestivos y profundos. Ante el Señor ya cercano -«Dominus prope!» (Flp 4, 5)- y el Rey al que debemos adoración -«Regem venturum Dominum, venite adoremus» (Breviario romano)-, tenemos que dejarnos interpelar por las grandes cuestiones de la vida. Se trata de interrogantes siempre actuales, que atañen al origen y al fin del hombre. Son preguntas que ya se planteó el concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et spes. Esos interrogantes nos acompañan constantemente; más aun, podríamos decir que existen juntamente con nosotros. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Cuál es el sentido de mi existencia y de ser una criatura humana? ¿Por qué siento esta perenne «inquietud», como solía llamarla san Agustín? ¿Por qué razones debo responder constantemente a las exigencias de la moral, distinguir el bien del mal, hacer el bien y evitar y vencer el mal? Nadie puede dejar de plantearse estas preguntas. La sagrada Escritura, comenzando por el libro del Génesis, les da respuestas exhaustivas. Y esas respuestas constituyen, de algún modo, el contenido del Adviento de la Iglesia, que actualiza el pasado y nos proyecta al futuro.

«El Señor está cerca de quien lo busca», dice la liturgia de hoy, abriéndonos magníficas perspectivas. En efecto, «cerca» y «lejos» son categorías relacionadas con la distancia mensurable en el espacio, con la distancia mensurable en horas, años, siglos y milenios. Sin embargo, el tiempo del Adviento nos invita a considerar sobre todo la dimensión espiritual y profunda de esa distancia, es decir, su referencia a Dios. ¿Qué es y cómo podemos percibir la cercanía o la lejanía de Dios? ¿No es en el «corazón inquieto» del hombre donde se percibe de modo sensible y adecuado la dimensión espiritual de la distancia y de la cercanía de Dios?

3. El hombre es visibilidad y misterio, cercanía y lejanía de Dios, frágil posesión y búsqueda continua. Sólo captando estas coordenadas íntimas del ser humano podemos comprender el Adviento como tiempo de espera del Mesías.

¿Quién es el Mesías, Redentor del mundo? ¿Por qué y en qué consiste su venida? Una vez más, para adentrarnos en este camino, debemos tomar como punto de referencia el libro del Génesis. Nos revela que el pecado y su entrada en la historia es la causa de la distancia entre el hombre y Dios, cuyo símbolo elocuente es la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal.

Dios mismo, a continuación, manifiesta que el alejamiento del hombre a causa del pecado no es irrevocable. Más aún, exhorta a la humanidad a esperar al Mesías, que vendrá con la fuerza del Espíritu Santo, para enfrentarse al mal o, mejor, al príncipe de la mentira. El libro del Génesis anuncia expresamente que es el Hijo de la mujer, e invita a esperarlo y a prepararse para acogerlo dignamente. Los libros sucesivos del Antiguo Testamento, precisando y ampliando este anuncio, hablan del Mesías que nacerá en Israel, el pueblo elegido por Dios entre todas las naciones.

A medida que se acerca la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), la espera se va cumpliendo y se comprende cada vez mejor su sentido y su valor. Con Juan el Bautista, esa espera se convierte en una pregunta concreta, la que los discípulos del Precursor hacen a Cristo: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Lc 7, 19). Esta misma pregunta se la hicieron otras muchas veces; sabemos que la respuesta de Cristo fue la causa de su crucifixión y de su muerte, pero podemos decir que esa respuesta fue indirectamente la causa de su resurrección, de la manifestación plena de su mesianidad. Eso es lo que se llama historia de la salvación. De este modo admirable, se cumplió la promesa hecha a la humanidad después del pecado original.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, el tiempo de Adviento se nos da para que podamos hacer nuestro una vez más el contenido de esa pregunta: ¿Eres tú el Mesías?, ¿eres tú el Hijo de Dios? No se trata simplemente de imitar a los discípulos de Juan el Bautista, o de proponer de nuevo el pasado; al contrario, es preciso vivir intensamente los interrogantes y las esperanzas de nuestros días.

La experiencia diaria y los acontecimientos de cada época muestran que la humanidad y cada persona están en continua espera de esa respuesta de Cristo, que avanza en la historia, viene a nuestro encuentro como el cumplimiento esperado de los eventos humanos. Sólo en él, colmado el horizonte caduco del tiempo y de las realidades terrenas, a veces maravillosas y atrayentes, encontraremos la respuesta definitiva a la pregunta sobre la venida del Mesías que hace vibrar el corazón humano.

Queridos hermanos y hermanas, también para vosotros la espera de Cristo debe traducirse en búsqueda diaria de la verdad que ilumina los senderos de la vida en todas sus expresiones. Además la verdad impulsa a la caridad, testimonio auténtico que transforma la existencia de la persona y las estructuras de la sociedad.

La revelación bíblica pone de relieve el vínculo profundo e intrínseco que existe entre la verdad y la caridad, cuando exhorta a «hacer la verdad en la caridad...» (Ef 4, 15); y, sobre todo, cuando Jesús, el revelador del Padre, afirma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

La cima del conocimiento de Dios se alcanza en el amor: en el amor que ilumina y transforma con la verdad de Cristo el corazón del hombre. El hombre necesita amor, necesita verdad, para no dilapidar el frágil tesoro de la libertad.

5. «Regem venturam, Dominum, venite adoremus!».

El tiempo de Adviento, y especialmente la Novena de Navidad, nos estimula a dirigir nuestra mirada al Señor que viene. Precisamente la certeza de su vuelta gloriosa da sentido a nuestra espera y a nuestro trabajo diario. Al contemplar a Jesús con la actitud interior de María, Virgen de la escucha, se fortifica nuestro compromiso, a veces arduo y fatigoso, y se vuelve fecunda nuestra búsqueda activa. El Señor está cerca de quien lo busca, nos repite la liturgia durante estos días. Dirijamos a él nuestra mirada e invoquémoslo:  ¡Ven, Señor Jesús!  ¡Ven, Redentor del hombre! ¡Ven a salvarnos! El Señor está cerca de quien lo busca.  Venid y adorémoslo. Amén.

III - DIOS, EL SEÑOR, LLEGA CON PODER

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. "Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne" (Is 40, 11).
 
La primera lectura que se acaba de proclamar en nuestra asamblea nos ha vuelto a proponer el inicio de lo que comúnmente se llama "Libro de la consolación". Al pueblo elegido, obligado a vivir en el exilio, el profeta, conocido con el nombre de "segundo Isaías", le anuncia el fin de los sufrimientos y el regreso a su tierra.
 
Este anuncio de esperanza se abre con la invitación:  "Consolad, consolad a mi pueblo" (Is 40, 1). Sigue una proclamación gozosa de la intervención decisiva de Yahveh, que vendrá a liberar a su pueblo:  "Mirad, Dios, el Señor, llega con poder" (Is 40, 10).
 
"¡Aquí está vuestro Dios!". Es preciso prepararse para encontrarse con Él. Es necesario preparar el camino al Señor (cf. Is 40, 3), porque viene a liberar a los suyos, oprimidos por la esclavitud. Viene presuroso y solícito a buscar la oveja perdida.
 
Las palabras del profeta se cumplen en la figura de Cristo, el buen Pastor, del que la página evangélica de hoy ofrece una breve descripción. En Cristo Dios no sólo sale al encuentro del hombre, sino que lo busca con conmovedora intensidad de amor.
 
2. "Mirad:  Dios, el Señor, llega con poder" (Is 40, 10).
 
En el clima de Adviento, que estamos viviendo, la afirmación del profeta tiene un eco aún más amplio y significativo. El Adviento es el tiempo de la espera vigilante del Mesías, que "llega con poder" a liberar a su pueblo, y al que acogeremos dentro de pocos días en la pobreza de Belén.

Vendrá como Rey victorioso al final de los tiempos, pero ya ahora, constantemente, "viene a renovar el mundo". Debemos aprender a escrutar los "signos" de su presencia en los acontecimientos de la historia.
 
La liturgia de este tiempo nos invita a buscarlo y a descubrir que está cerca de nosotros aun cuando nos alejamos de Él siguiendo senderos efímeros e ilusorios. Si lo buscamos, es porque antes Él nos ha buscado y ha encontrado. Por eso, frente a las situaciones difíciles, en los momentos oscuros de la existencia, no faltan jamás la esperanza y la alegría en el corazón de los creyentes.
 
3. Este tradicional encuentro con el mundo universitario, que se realiza poco antes de Navidad, constituye siempre para mí una grata y esperada ocasión para aprovechar la riqueza de reflexión y esperanza de que son portadoras las nuevas generaciones universitarias.
 
Permitidme que os repita una vez más, especialmente a vosotros:  "¡No tengáis miedo!". "Remad mar adentro" e id con confianza al encuentro de Jesús, porque en Él seréis libres y estaréis seguros, incluso cuando los caminos de la vida resultan abruptos e insidiosos. Fiaos de él, jóvenes universitarios. Acogerlo significa abrirle la riqueza de cada cultura y nación, exaltando su originalidad, en el dinamismo de un diálogo fecundo y en la articulación armoniosa de las diversidades.
 
4. "Una voz dice:  "¡Grita!"" (Is 40, 6). Esta exhortación del profeta resuena con singular vigor en nuestra asamblea litúrgica. Se dirige a vosotros, que formáis el mundo de las universidades y de la cultura. Queridos amigos, también vosotros debéis gritar. En efecto, no se puede callar la verdad de Cristo. Exige ser anunciada sin arrogancia, pero con firmeza y valentía.
 
¡Gritad, jóvenes universitarios, con el testimonio de vuestra fe! No os contentéis con una vida mediocre, sin impulsos ideales, orientada sólo a conseguir el provecho individual inmediato. Trabajad por una universidad digna del hombre, que sepa ponerse también hoy al servicio de la sociedad de modo crítico.
 
El mundo necesita una nueva vitalidad intelectual. Una vitalidad que proponga proyectos de vida austera, capaz de compromiso y sacrificio, sencilla en sus aspiraciones legítimas, clara en sus realizaciones y transparente en sus comportamientos. Es necesaria una nueva valentía del pensamiento, libre y creativo, dispuesto a aceptar, desde la perspectiva de la fe, las exigencias y los desafíos que surgen de la vida, para mostrar con claridad las verdades últimas del hombre.
 
5. Queridos hermanos y hermanas que procedéis de diferentes naciones. Sois como un símbolo del mundo que debéis construir juntos. Pero para cumplir esta ardua misión necesitáis la paciencia y la tenacidad del pastor que busca la oveja perdida, de la que habla el pasaje evangélico de san Mateo, que se acaba de proclamar.
 
Una búsqueda incansable, que no se desanima jamás aunque sean escasos los resultados, ni se paraliza por las inevitables y a veces crecientes incomprensiones y oposiciones. Una búsqueda inteligente y apasionada, como de quien conoce y ama. Para el pastor, la oveja perdida no es una entre cien; es como si fuera la única:  la llama por su nombre y reconoce su voz. En una palabra, la ama. Así actúa Dios con nosotros. El hombre de hoy necesita reconocer la voz de Cristo, el verdadero Pastor que da la vida por sus ovejas. Por tanto, sed apóstoles capaces de acercar las almas al Señor, ayudándoles a experimentar el consolador abrazo de su redención.
 
6. "Toda carne es hierba y su belleza como flor del campo" (Is 40, 6).
 
La liturgia del Adviento proyecta nuestra mirada hacia las verdades eternas que iluminan de sano realismo las vicisitudes diarias. Desde este punto de vista, esas palabras del profeta resuenan como una invitación a no ceder a los espejismos de un progreso que no corresponde al designio divino.

En efecto, por asombroso que sea el desarrollo científico y tecnológico moderno, y por prometedor que parezca para el futuro de la humanidad, trae consigo a veces sombras terroríficas de destrucción y muerte, como ha acontecido también en tiempos recientes. Es necesario respetar los límites insuperables que fijan las referencias morales. Cuando el hombre pierde el sentido del límite y se erige en legislador del universo, olvida que es como la hierba y la flor del campo, cuya duración es breve.
 
Que la luz divina ilumine a cuantos trabajan en el importante campo de la investigación y del progreso, para que se acerquen al hombre y a la creación con humildad y sabiduría. Ojalá que los estudiosos y los científicos sean siempre conscientes de la alta misión que la Providencia les confía.
 
Que os sostenga la intercesión constante de María, Sedes sapientiae y Madre solícita. Que Ella os guíe en la búsqueda de la verdad y del bien, siempre con actitud de dócil escucha, como Ella, de la palabra vivificadora de Dios.

IV - DIOS CAMINA CON NOSOTROS

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
"Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios" (Is 40, 1).
 
Con esta invitación comienza el así llamado "Libro de la consolación", en el que el segundo Isaías da al pueblo en el exilio el anuncio gozoso de la liberación. El tiempo del castigo ha terminado; Israel puede mirar con confianza al futuro:  le espera, por fin, el regreso a la patria.
 
Este anuncio gozoso vale también para nosotros. En el fondo, todos somos viandantes en camino. La vida es un largo viaje en el que todo ser humano, peregrino del Absoluto, se esfuerza por buscar una morada estable y segura. El paso del tiempo le confirma que esa morada no puede encontrarla aquí abajo. Nuestra patria verdadera y definitiva es el cielo. El autor de la carta a los Hebreos dirá:  "No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro" (Hb 13, 14).
 
Desde esta perspectiva, son consoladoras las palabras del profeta. Asegura que Dios camina con nosotros:  "Consolad, consolad a mi pueblo. (...) Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres" (Is 40, 1-5). En la noche de Belén el Verbo de Dios se hizo nuestro compañero de viaje; tomó nuestra misma carne y aceptó compartir hasta el fondo nuestra condición. Así pues, en la fe podemos acoger con toda la riqueza de su significado el deseo:  "Consolad, consolad a mi pueblo".
 
2. Las palabras del profeta nos ayuda a comprender mejor el mensaje de alegría que el misterio de la Navidad trae a los hombres de todo tiempo y de toda cultura. El nacimiento de Cristo es anuncio consolador para la humanidad entera.
 
Sí, entonces "se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres" (Is 40, 5). Todos podemos contemplarla y ser iluminados por ella. Ante esta gloria, prosigue el profeta, "todo hombre es hierba y todo su esplendor como flor del campo" (Is 40, 6).
 
La gloria de Dios y la gloria de los hombres:  ¿hay acaso gloria humana que pueda confrontarse con la divina?, ¿hay acaso poder terreno que pueda competir con el Señor? Incluso los grandes de la tierra, como Nabucodonosor, Darío y Ciro, son como "hierba", como la flor que "se marchita en cuanto le da el viento del Señor" (Is 40, 7). Nada resiste a Dios. Sólo él, con su omnipotencia, gobierna el universo y dirige el destino de los hombres y el rumbo de la historia.
 
Miremos al siglo que acaba de transcurrir y a nuestros tiempos:  ¡cuán frágiles se han mostrado potencias que pretendían imponer su dominio! Incluso la ciencia, la técnica, la cultura, cuando hacen gala de omnipotencia, se revelan en el fondo como la hierba que rápidamente se seca, como una flor que se marchita y muere.
 
4. Que resuenen en el corazón de cada uno estas palabras del profeta que acabamos de escuchar. No menoscaban la libertad humana; al contrario, la enriquecen guiándola por senderos de auténtica promoción del hombre. Desde esta perspectiva, brinda una gran ayuda la pastoral universitaria, que la Iglesia promueve con sumo esmero en los centros de estudio y de investigación científica.

Recuerdo mi experiencia personal en la universidad. El contacto diario con alumnos y profesores me enseñó que es necesario proporcionar una formación integral, que prepare a los jóvenes para la vida:  una enseñanza que los capacite para asumir de modo responsable su papel en la familia y en la sociedad con competencia profesional, pero también humana y espiritual. Aquellos años, que marcaron mi existencia, me dieron lecciones muy útiles, que traté de reproducir en el ensayo de ética cristiana "Amor y responsabilidad", y en la obra dramática sobre el matrimonio "El taller del orfebre".
 
5. Volvamos de nuevo al texto del profeta que nos propone la liturgia de hoy. Es una página muy densa de significado, que anuncia al pueblo desalentado:  "He aquí que viene el Señor Dios con poder, y su brazo domina" (Is 40, 10). La omnipotencia de Dios, como comprenderemos mejor en el misterio de la Navidad, está impregnada de ternura y de misericordia. Es un poder de amor, que siente predilección por los débiles y los humildes.
 
La página evangélica que se acaba de proclamar nos ayuda a comprender más a fondo este mensaje de esperanza. El pastor del que habla Jesús abandona a las noventa y nueve ovejas en los montes para ir en busca de la perdida (cf. Mt 18, 12-14). Dios no considera a la humanidad como una masa anónima, sino que piensa en cada uno, cuida personalmente de cada uno. Cristo es el verdadero pastor que reúne a la grey con su brazo, "toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres" (Is 40, 11).
 
6. Es elocuente la parábola de la oveja perdida. La oveja, a diferencia de otros animales, como por ejemplo el perro, no sabe volver por sí sola a casa y necesita que el pastor la guíe. Así somos también nosotros, incapaces de salvarnos sólo con nuestras fuerzas. Necesitamos la intervención de lo alto. Y en Navidad se realiza este prodigio de amor:  Dios se ha hecho uno de nosotros para ayudarnos a encontrar nuevamente el camino que lleva a la felicidad y a la salvación.

Queridos hermanos y hermanas, abramos el corazón al Niño que nacerá en Belén por nosotros. Preparémonos para recibir su luz, que ilumina nuestros pasos, y su amor, que da vigor a nuestra existencia. Que nos acompañe en esta intensa espera la Virgen santísima, Sede de la Sabiduría.

ORACIÓN

 
 

 ¡Tu eres Cristo, el Hijo del Dios vivo!

¡Tú, Cristo, eres el Hijo unigénito del Dios vivo, venido en la gruta de Belén! Después de dos mil años vivimos de nuevo este misterio como un acontecimiento único e irrepetible. Entre tantos hijos de hombres, entre tantos niños venidos al mundo durante estos siglos, sólo Tú eres el Hijo de Dios: tu nacimiento ha cambiado, de modo inefable, el curso de los acontecimiento humanos.

¡Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo! En el umbral del tercer milenio, la Iglesia te saluda, Hijo de Dios, que viniste al mundo para vencer a la muerte. Viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio. La Iglesia te saluda y junto contigo quiere entrar en el tercer milenio. Tú eres nuestra esperanza. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna.

Tú, que viniste al mundo en la noche de Belén, ¡quédate con nosotros!

Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, ¡guíanos!

Tú, que viniste del Padre, llévanos hacia Él en el Espíritu Santo, por el camino que sólo Tú conoces y que nos revelaste para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia.

Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, ¡sé para nosotros la Puerta!

Sé para nosotros la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. ¡Haz que nadie quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!

María, aurora de los nuevos tiempos, quédate junto a nosotros, mientras con confianza recorremos los primeros pasos del Año Jubilar. Amén.

(Juan Pablo II . Apertura del Gran Jubileo del Año 2000 -  24 de diciembre de 1999)

 

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